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El testamento de un bromista
Jules Vallès

Traducción de Luis Eduardo Rivera

112 Páginas 10 Euros

ISBN: 978-84-934746-1-4



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El testamento de un bromista es el primer antecedente de la conocida trilogía autobiográfica (El niño, El bachiller y El insurrecto) en la que el escritor francés Jules Vallès, que fundó varios periódicos políticos y participó activamente en la Comuna de París, la revolución de 1871, radiografió su época. Al igual que la trilogía, se trata de una narración violenta y lírica a la vez, que cuenta una infancia parecida a la del propio autor con una profundidad de observación y una precisión en el análisis magistrales. El protagonista de la historia crece, como diría Zola, uno de los defensores de Vallès, «con la sorda rebeldía del niño oprimido por la educación y la enseñanza», pero nos hace reír tanto como nos conmueve. Henri Lefebvre señaló que el espíritu de la Comuna produjo tres escritores «tan revolucionarios en el discurso como en la praxis»: Lautréamont, Rimbaud y Vallès. De un modo parecido se ha expresado Jorge Semprún al asegurar que este último no fue sólo un escritor comprometido, sino uno de los autores del xix que «más resueltamente ha desbordado los límites del naturalismo, de ahí que la estructura narrativa de los libros de Vallès nos parezca tan moderna».
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Por José María Guelbenzu

Una nota previa al texto, en la que se nos informa que el bromista al que se refiere el título del libro se ha suicidado, es el pórtico al conjunto de anotaciones que leeremos a continuación, pues se trata de un diario del que se nos advierte que contiene "los momentos extraños que el bromista anotó, y es en el género del diario caricaturesco y panfletario donde habría que encuadrar el testamento de este amable suicida".

Jules Vallès (1832-1885). Revolucionario, agitador, publicista, communard, autor de El niño, título perteneciente a una trilogía de corte autobiográfico por la que pasará a la Historia de la Literatura francesa y fundador del legendario periódico Le Cri du Peuple, fue el ejemplo por excelencia del escritor comprometido. Como cabe esperar en un hombre de acción como él, que llegó a estar condenado a muerte por ser una de las principales figuras de La Comuna de París, sus escritos son ágiles, directos, incisivos, son textos de combate. Esto hace suponer que su literatura ha de estar igualmente impregnada por esa impulsiva necesidad de acción, tanto más cuanto que al pertenecer a la especie de escritor que procede a transformar en escritura su vivencia personal y a otorgarle un alcance social, no se detiene a fabular historias ni a imaginar fantasías, sino que opera como quien da fe de un hecho. Pero a la Historia de la Literatura no se pasa por tener una vida agitada o ser un aventurero sino por saber escribir.

El testamento de un bromista es un texto ejemplar al respecto. Está formado por anotaciones en forma de diario, pero no se corresponden con un diario, ni siquiera están fechadas, simplemente se suceden unas a otras. El conjunto traza una historia de infancia y adolescencia cerca de cuyo término el redactor anota: "Todos estos recuerdos de niño empeñan mi vida de adulto. Seré un revolucionario". La historia es cruel pues nos cuenta una educación donde lo que no son órdenes son golpes y donde nada se somete a discusión; el egoísmo de los adultos libra batalla con el del niño para desventura de este último y la pobreza no ayuda a mejorar las cosas. El niño camina a empellones por la vida y ha de atenerse a la fórmula de que la letra con sangre entra. Evidentemente, se trata de un ensayo de lo que será su obra maestra, El niño, pero leída hoy presenta dos características que la hacen altamente recomendable. La primera es la mezcla de crueldad y ternura que genera una historia que es, ante todo, violenta. En este aspecto no deja de parecerse al libro también autobiográfico de Jules Renard, Pelo de zanahoria. Son libros duros sobre la infancia en tiempos duros para la infancia y el secreto posiblemente esté en que se trata de relatos de personalidades que viviendo y soportando la violencia y la agresión desde la familia misma poseen la sensibilidad que los convertirá en artistas; y es esta mezcla de sensibilidad y dureza la que consigue una lírica muy especial que emana de la misma crudeza de la situación.

La segunda característica es la modernidad de la escritura y de la concepción misma del relato. Es cierto que la forma de diario le da una agilidad y una gracia expresiva muy particulares, pero conocemos diarios que con ser interesantes no dejan de ser también barrocos, insistentes o minuciosos, sobrecargan la lectura y sufren con el paso del tiempo. Por el contrario, la frescura del relato de Vallès se mantiene incólume. Se debe a una escritura muy llana y eficiente a la hora de anotar los sucesos cotidianos, siempre bien elegidos como conviene al valor significante de la escritura que sabe contar y se debe, además, precisamente por ser significantes, al valor universal de esos mismos sucesos. Momentos como el del paso a la escuela de verano donde descubre la felicidad de estar sin padres o el relato de la envidia que siente por el hogar del señor Grelu, el cornudo, cuyos hijos son felices, recogen ese valor sustancial de manera admirable. El ritmo de la escritura es vivo, la estructura en anotaciones contribuye decisivamente a la frescura del relato, hay un uso de la elipsis que, en casos como el de la anotación titulada 'Adiós' puede calificarse de soberbia, modélica; en fin, salvando la distancia de que en nuestro Occidente la educación de los niños ha cambiado de manera considerable (en términos generales, se entiende, porque hoy en día hay formas de maltrato verdaderamente espeluznantes), cualquiera puede leer este libro como perfectamente actual. Y es que hay textos que entran de tal modo en lo esencial de la vida humana que son imperecederos. Este bromista, sin embargo, se suicida, según se nos dice al principio, de manera que podemos considerar el diario su testamento. Si lo es, su última voluntad es tan indómita como su vida: nos deja una lección de dignidad y lucha, no de desesperanza. Un verdadero bromista.

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